Historias de Zofío por Germana de Miguel

El barrio del Zofío

 

El barrio del Zofío se alzaba donde hoy está el Parque de Oloff Palmer. Se trasladó al Cerro Blanco en tiempos del alcalde Tierno Galván, y allí solo quedaron los árboles.

Por ahí cruzaba yo, siendo niña, entre las casas y los jardincillos, cuando vivíamos en Mariano Vela, y los domingos por la tarde llegábamos hasta la calle Santoña, para visitar a los abuelos; y por ahí cruzo yo ahora, por la mañana, cuando voy a trabajar.

Todavía de noche salgo a la calle y me encuentro a la gente, despierta, recién lavada, oliendo a jabón de limón y dentífrico de menta. La calle también se despierta, las puertas de los bares se abren, el aire huele intensamente a café, a pan recién hecho, a aceite de oliva, el de freír los churros, a bollos de mantequilla,…

Podría ir al trabajo por otro lugar, pero me gusta ir por el Parque, sentir cómo se manifiesta la vida, cómo va cambiando el entorno siguiendo el ritmo de las estaciones: cantan los pájaros… florecen los árboles… nacen las hojas… se vuelven doradas… caen al suelo, en un movimiento continuo y calmado, uniendo en un mismo espacio al hombre que corre con la naturaleza que calla.

A finales de diciembre el Parque se hace mágico, por las hojas doradas que cubren el suelo, las luces de colores de la calle, la música de los caballitos y el tren de la bruja, que con motivo de las fiestas han colocado en el interior. A la entrada, junto a Marcelo Usera, han puesto un quiosco de chocolate con churros y algodón de azúcar que embellece el aire neblinoso de la tarde, con el olor dulce de infancias pasadas.

Un poco más allá, junto al metro de la Plaza Elíptica, brillan las ascuas del caldero de la castañera, donde se asan boniatos y castañas, calentando la calle gris, poniendo en ella una nota de Navidad.

 

Cómo era el barrio

 

¡Uy como era el barrio…! No había más que barro: barro, barro, barro… No se podía pisar la calle.

Como sería que en todos los portales había un artilugio de hierro para limpiarte al llagar a casa, y la tarea diaria, en invierno, después de salir del colegio, era limpiar los zapatos para el día siguiente.

La calle, en realidad, no existía, era únicamente un barrizal en cuesta con pequeñas aceras que cada vecino había ido fabricando a su antojo, una capa de cemento adornada con círculos que hacían con un bote viejo.

Aquel barrizal era nuestro, de los niños, allí se jugaba a la lima en otoño, en invierno a bajar patinando la cuesta helada, en primavera a coger flores de los descampados, en verano a jugar al escondite, de noche, hasta bien tarde… Y era en todo tiempo el lugar preferido para salir a merendar.

La calle estaba viva, siempre alborotada y llena de gente; los niños jugando al futbol en la partes más llanas, las niñas saltando a la comba, las mujeres, cosiendo o haciendo punto contra las tapias, todas la vecinas juntas, mientras escuchaban en la radio la novela “Flor silvestre”.

Recuerdo algunos nombres de mis amigos: la Rosi, la Angelines, Ernestito, Manolín, la Elo, que era un poco mayor que nosotros, y la que nos contaba las picardías de la vida.

Esto sucedía hace muchos años, cuando Marcelo Usera eran la tienda de mi padre, la taberna del Sr. Alfonso, la Fuente… y un tranvía que acababa en la Plaza Elíptica. Cuando el Zofío no era más que un manojo de casas bajas, con sus gallinas, su perro, su huerta, su jardín… La gente que había ido llegando al barrio, la mayoría de

 Ávila y Extremadura, incapaz de renunciar a su forma de vida, se habían traído el pueblo a la ciudad, con ellos.

Las mujeres competían ¿a ver quién tiene las flores más bonitas? Nosotros teníamos un rosal rojo oscuro y otro amarillo con el borde salmón, sembrados en el patio. Teníamos también otras flores: alhelíes, petunias, pensamientos,… en unas jardineras de ladrillo que había hecho mi padre, y una pequeña huerta de tomates, lechugas y cebollas, para las ensaladas de verano.

El barrio no era el barrio, era el mundo. Cuando llegaba el buen tiempo se abrían las ventanas y la calle se llenaba con la música de la radio y el canto de las mujeres, que iban acompañando las coplas, mientras hacían las faenas de la casa. Entonces se cantaba mucho y la calle era una algazara continua.

Al anochecer volvían los padres del trabajo sucios y cansados, pero contentos, porque eran jóvenes, tenían ilusión y, aunque de manera humilde, podían mantener a su familia y conservar la esperanza de una vida mejor. Volvían también las ovejas, de más allá del Parque Sur, balando, acompañando la tarde, haciendo aldea; en aquel lugar, al que todavía no llegaba el humo ni el ruido de los coches, y el atardecer era rojo y dorado, como en el cuento de las habichuelas mágicas.

 

La mina

 

La mina era un asentamiento gitano que había yendo hacia el Pradolongo, en una hondonada, dicen que de una bomba de la guerra civil, donde hoy está el Polideportivo de Orcasitas. A la Mina no nos dejaban ir pero íbamos, igual que íbamos al basurero, si permiso, y a las vías del tren, en una aventura fascinante. Nos gustaba ir hasta allí al anochecer a espiar, a escondidas, aquel mundo misterioso que representaba para nosotros el mundo gitano. Era en la época del descubrimiento literario de Lorca, cuando Antoñito el Camborio representaba a todos los gitanos del mundo, y ser gitano equivalía a ser guapo, moreno, arrogante, digno de una emperatriz; con los ojos llenos de misterio, la vara de mimbre en la mano, la navaja en la cintura y unos zapatos de color corinto, donde brillaba el sol de la tarde.

Al anochecer se encendían las fogatas y desaparecía el mundo miserable de las chabolas. La realidad daba paso a la imaginación, la tierra reseca se transformaba, para mí, en un campo de olivos, un río lleno de limones e oro, una gitana asomada a una baranda… un mundo de emociones fuertes: amor, odio, muerte,… un mundo de guitarras, cantos y quejidos brotados del dolor profundo del corazón.

Era maravilloso que existiera aquel lugar mágico, igual que era maravilloso que existieran las vías del tren que pasaba por Orcasitas. El tren llevaba lejos nuestra imaginación, más allá de las casitas bajas del barrio, de los campos de cebada y amapola, de la pequeña iglesia, que tenía una veleta con un gallo en lo alto de su cúpula, y que aún se mantiene en pie. Junto a ella había un pequeño merendero con las paredes cubiertas de madreselva. Allí parábamos un rato, a jugar a la rana o al futbolín, y a descansar y tomar algo fresco, en verano, cuando volvíamos del largo paseo, por la carretera rodeada de campos, que llegaba hasta Villaverde.

 

Los árboles del barrio

 

Enfrente de nuestra casa había una morera que, en el mes de junio, cuando acababa el colegio a las dos de la tarde, se llenaban de niños que, con los pájaros, formaban una alegre algarabía.

La calle era en aquellos días un continuo ir y venir, en busca de las hojas de morera que servían de comida a los gusanos de seda.

Todos los niños los teníamos. Era una alegría verlos salir de los diminutos huevos blancos que pasaban el invierno pegados al papel de periódico, con el que forrábamos las cajas de zapatos, sus nidos; y verlos crecer día a día, convertirse en enormes orugas blancas, que terminaban envueltas en el precioso hilo amarillo, con el que formaban sus capullos de seda.

Eso sucedía en aquel tiempo, en que la primavera a anunciaban los nidos de los árboles y las fresas en la mesa; cuando los meses del año los marcaban los fruteros de las cocinas: fresas en abril, cerezas en junio, sandía en agosto, naranjas en noviembre que duraban hasta mucho después de Navidad.

La morera era la alegría de la calle, ya en febrero, antes de que aparecieran las primeras hojas, los mirlos ocupaban sus ramas, anunciando con su canto la llegada de la vida nueva; y un poco después, en verano, su sombra verde formaba un círculo bajo mi ventana, en la que se resguardaban del calor la mudita y su perro.

¡Bendito árbol protector!

Pero un día cortaron la morera y se acabaron las procesiones de niños a la salida del colegio, el canto de los pájaros al amanecer, la sombre fresca en el verano, sus dulces frutos negros, el sonido del viento al atravesar las hojas del otoño.

También cortaron las cuatro acacias desnutridas que había frente a mi ventana. No eran bonitas ni estaban cuidadas, pero servían…

Era muy agradable verlas florecer, tarde ya, casi en junio, y agradable el olor de sus flores blancas de “Pan y Quesillo”… Pero hoy día las cuatro acacias han desaparecido (las acacias y todos los demás árboles de la calle) y ya no nos queda más que un pobre almendro raquítico que nadie poda, y casi nadie mira, él es el que nos anuncia, menos mal que sigue ahí…, entre el humo y el ruido de los coches, la llegada de la primavera, cuando sus ramas envejecidas y sucias de contaminación se transforman, para alegría nuestra, en una fiesta de pequeñas y olorosas flores blancas.

 

La fuente

 

¿La Fuente…? Las fuentes querrás decir. ¡Vaya si las recuerdo!

Había muchas, y bien que se aprovechaban, cuando el nacimiento del barrio, el agua a veces no llegaba a las casas. Nosotros usábamos la del Cerro Blanco, que aún se conserva, junto al pasadizo que une el barrio con el metro de la Plaza Elíptica.

Allí nos juntábamos los vecinos, payos y gitanos, con los botijos y los cubos de zinc y allí pasábamos las horas muertas, guardando largas colas, charlando los mayores, corriendo los niños.

En aquel primer barrio del Zofío no había racismo, ni clasismo, ni rechazo de unos por otros, porque todos compartíamos la misma precariedad y la misma ilusión.

Había mucha gente joven, muchos niños en la calle, mucho pueblo dentro de la ciudad: un pueblo de casitas bajas con su huerta, su jardín, su perro, sus gallinas,… que a pesar de la humildad, en la que todos vivían, se mantenían alegres, porque en su futura cabía la esperanza.

Por ese camino, el de la fuente, subían los abuelos, alguna vez, la Cerro Blanco, cuando en el anochecer de verano salían a tomar el fresco. No había casas, sólo un cielo carmín y una lejanía verde de huertas, más allá del poblado de chabolas, que se convirtió más tarde en el Parque Sur.

Había otra fuente subiendo al Cerro Pimiento, junto a la casa de la señora Matilde que era modista y a veces nos hacía algún vestido. Yo recuerdo uno de cuadritos grises y oro viejo, que mis hermanas y yo estrenamos en un cumpleaños mío. Guardamos en casa una foto con ellos; nos las harían después de salir del cine que era como celebrábamos cuando éramos niños los cumpleaños.

La fuente del Cerro Pimiento me gustaba de manera especial, pues en ella empezaba una cuesta que, para mí, que me encantaba correr, era un verdadero tesoro. Allí me encontraron una vez que me perdí, siendo muy pequeña, lavando el vestido de mi muñeca.

Es indudable que la fuente me atraía, o la cuesta; o la cuesta y la fuente. Todavía recuerdo el placer que sentía al bajar a toda velocidad aquel camino de arena, empinado y sin gente, sin ningún obstáculo que frenara mi carrera. Eso hacía que me sintiera libre y feliz; y así, libre y feliz, siempre riendo, llegaba yo hasta Rafaela Ibarra, que era la parte llana del campo de amapolas que había alrededor.

Recuerdo otra fuente en Marcelo Usera, junto a la tienda de ultramarinos que tenían allí mis padres, en el número 102, justo donde paraba el tranvía. La Fuente sigue allí, pero la tienda ha desaparecido y el bar de los caracoles, los mejores de Madrid, y la taberna del señor Alfonso… que nos daba aceitunas, cuando íbamos con mis padres a tomar el aperitivo. Tenía las paredes muy bonitas, alicatadas de baldosines de colores y abarrotadas hasta el techo de jaulas de canarios.

 

La tienda del señor Daniel

 

Las tardes de domingo, cuando hacía frío, era inevitable ir a comprar o cambiar tebeos a la tienda del señor Daniel. Estaba alicatada de baldosín amarillo hasta la mitad, y de ahí hasta el techo pintada de color ocre suave.

En una de sus paredes, sujetos con pinzas a largas cuerdas horizontales, estaba el mundo fantástico de los tebeos: de risa, de guerra, de indios, de hadas. Esos eran los que más me gustaban a mí, los de hadas. Sus dibujos eran en blanco y negro, pero con muchos detalles: Las princesas eran guapísimas, con largas melenas que adornaban con coronas y pendientes, pulseras, collares, vestidos con lazos, con puntillas, perlas,…

Bajo la cuelga de los tebeos había un banco de madera donde te podías sentar a leer y enfrente un mostrador, protegido por un cristal, para evitar las manos golosas. Allí se amontonaba el mundo de los dulces de colores: regaliz, caramelos de limón, de menta, de naranja… bolas de anís; y pipas, avellanas, almendras saladas, chufas, altramuces, aceitunas, berenjenas, pepinillos, bonito en escabeche, queso en aceite, membrillo… A todo aquello olía la tienda.

El seños Daniel era un hombre, algo más que maduro, silencioso y antipático, pero su tienda era el palacio de los dulces y de la magia, donde por una peseta te podías comprar un sobre sorpresa y encontrar dentro, muy bien doblado, un tebeo de hadas y una calcomanía grande de flores. ¡Todo un tesoro!

La noche, en invierno, llegaba pronto… Hacía frío en las casas, solo la cocina estaba caliente, llena de vaho que chorreaba por los baldosines y empañaba los cristales de la ventana. Si hacías un redondel en el cristal podías ver los patios, con sus árboles pelados y los rosales de invierno amoratados por el frío…

Las gallinas, resguardadas en el gallinero, se preparaban ya para dormir. Cacareaban suavemente, como entre sueños, quizá recordando la hierba que les traíamos, en primavera, del Pradolongo… y se oía lejano, ladrar al Sabu, el viejo perro de Manolín, y los maullidos del gato de la señora Clarita que empezaba su caza nocturna.

Leer… inventar… soñar mundos maravillosos, a partir del humilde tebeo en blanco y negro, desde la tarde de repente oscura. Ahí empezó mi amor a la literatura, en aquella cocina de invierno, leyendo tebeos, de guerra, de risa, de hadas…

Es posible que en la cocina oliera a repollo, como todas las noches, a manzanas asadas, pescadillas de enroscar… pescadillas de plata que ocultaban un tesoro en su cabeza: los huesecillos de nácar, donde estaba esculpida la imagen de la Virgen del Carmen.

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